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25/04/2018 - 00:41 - Madrid (España)

La vuelta del Gran Hotel Inglés, el más antiguo de Madrid

Tras permanecer cinco años cerrado, el hotel más antiguo de Madrid estrena nueva vida como lujoso abanderado del nuevo latido del barrio de Huertas Con una restauración de 16 millones de euros y una suite de 125 metros, el hotel entra a formar parte de la asociación The Leading Hotels of the World

No hay que llevarse a engaño, más que la de un inglés ésta es una historia castiza. El hotel más antiguo de Madrid, inaugurado el 17 de diciembre de 1886 en la entonces calle del Lobo, hoy en Echegaray 8, reabrió el pasado marzo otra vez como hotel "verdaderamente notable". Así fue definido previo a convertirse en un cinco estrellas con apellido gran lujo, distinción reservada a establecimientos de máxima cortesía. En el Gran Hotel Inglés, nombre a la moda europeísta, hay más empleados (60) que habitaciones (48). El decano de la capital, antes de que el transatlántico Four Seasons aterrice en la frontera del barrio de Las Letras, ratifica un cambio de paradigma: lujo a escala humana.

El hotel rueda rematando los últimos acabados. Huele a pintura fresca y se aprecia el trajín de los retoques. La transformación es total. Apenas se han rescatado varias columnas originales y las lámparas señoriales que presiden la entrada y la discreta recepción. "Somos así los españoles, de cuidar poco el patrimonio", nos cuenta resignado Javier Polo, director del hotel. Nos recibe en un lobby con pegada efectista, inconfundible sello de la marca Rockwell. El estudio neoyorquino al que se adjudicó el interiorismo en su primera intervención hotelera en España -también definirá el hotel W-, es creador de escenografías teatrales y de otros templos postmodernos como el hotel Edition de Nueva York. A su integración fotogénica remite el bar, en primer plano con una barra semicircular epatante. Lo que fue garaje del hotel, pasada la Guerra Civil y con ella su boato, deslumbra hoy como coctelería con alma de barrio.

Es en este espacio jazzy, bautizado LobByto, donde se aboga por la actualidad. A la espera de fichar a un bartender estrella, la propuesta es "más de autor, más propia", explica Polo. En lugar de darse a los clásicos, se personalizan los tragos con homenaje a los bármanes que triunfan en la zona, se prepara un gin-tonic con ginebra Santamanía, destilada en Las Rozas, o se juega a la provocación anti-Trump del mezcal Ilegal. Se echa en falta más jereces -la mítica bodega La Venencia está enfrente- pero no defrauda el picoteo: bocata de calamares, torrijas o huevos fritos con morcilla. Sí, en el vestíbulo del hotel. Fiel a estas raíces transita el restaurante Lobo 8 -la caza ordenaba el callejero-, con cocina vista y acceso exterior. Ni ceviches ni baos, sólo platos reconocibles en porcelana fina.

El recorrido circular pasa por la obligada biblioteca -estamos en barrio literario-, por la obra pictórica elegida por la propietaria Carmen Cordón, y por la bajada al spa. Queda la privacidad de las alcobas, la más pequeña de 27 metros cuadrados. Pasar de 72 a 48 unidades supone un alarde de generosidad espacial en el casco histórico. Entre alfombras todavía enrolladas y ruido de aspiradoras, respira un diseño limpio muy de hotel boutique. Señalética novecentista y vajilla de la abuela a juego con los acabados de cobre y latón. Incluso los carritos vintage de las camareras expresan identidad. Las medidas del confort, en colchones de 34 centímetros y toallas de 600 gramos. El minibar no es trampantojo, aunque para golosinas una guitarra acústica y un sombrero panamá. El fondo de los armarios ha sido serigrafiado con postales del Madrid en sepia. Y surge un pulso en las suites: superduchas erotizantes o bañeras art déco. Arrebatadoras igualmente, éstas son piezas únicas fabricadas en Canadá, con grifería italiana y firma Rockwell. Las vistas desde los balcones rehúyen la foto monumental. Los huéspedes que gustan descubrirse en el meollo pueden así asomarse a la colada vecinal. El precio, a partir de 308,70 euros la noche, desayuno incluido.

Lejos queda cuando las estancias del Inglés se alquilaban a siete pesetas. También episodios nacionales como el protagonizado por José Rizal, héroe de Filipinas. Establecido aquí a su paso por la ciudad, el escritor gestó en estos salones la independencia de la colonia. Un hotel ya único en aquel Madrid de fin de ciclo, con "ascensor, baño en cada piso, alumbrado, calefacción a vapor y todos los adelantos que hacen más cómoda la vida", según glosó La Época. A él acudía la crema de la política, las artes y la farándula. Fue escenario de la boda de Imperio Argentina. Residencia de Valle-Inclán y Virginia Woolf. Escondite de toreros. Lo posicionó Agustín Ibarra, dueño del café Inglés, tras hacerse con la casa y fundar un hotel con restaurante, el primero de la ciudad. Una ambición, la de elevarlo a los altares de la hospitalidad, que comparten los hoteleros mallorquines de Hidden Away Hotels, actuales propietarios, para con el que fue icono de la elegancia madrileña y que ahora despega de nuevo en pleno siglo XXI.

Huertas, el renacimiento pendiente

El estreno del GHI coincide con un clima inquieto en Las Letras. Más que proceso gentrificador, que afecta a todo el distrito centro, un impulso mutante ante el modelo low cost de Huertas. Cuajan restaurantes de calidad y coctelerías como Salmón Gurú, con la que Diego Cabrera demostró entusiasmo visionario. Le siguieron Baton Rouge y Decadente, locales distintos entre sí, al igual que Santos y Desamparados, pero con una apuesta común: otra noche es posible.

"Es una gota que cada uno aportamos", admite Javier Polo. "Four Seasons y W le van a dar esplendor al barrio. Todavía por la noche es oscuro, no tiene glamour", confiesa. "Ese lujo se desplazará hacia el barrio de Salamanca", nos desmiente un empresario que sí confirma que "la noche está cambiando y el negocio se va orientando al día".

Fuente: EL Mundo / MIGUEL ÁNGEL PALOMO

Escrito por Vasilis Aggelakopoulos

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