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15/10/2019 - 03:05 - Madrid (España)

Las atrocidades del violador del ascensor, beneficiado por la doctrina Parot

Pedro Luis Gallego se enfrenta a 96 años de prisión por agredir a otras cuatro mujeres tras salir de la cárcel en 2013

A las 9.45 de la mañana de ayer, ataviado con una camisa de cuadros azules y grises y un pantalón vaquero, Pedro Luis Gallego Fernández llegó al tribunal en un furgón policial procedente de Navalcarnero, donde pasó la noche. El conocido como «el violador del ascensor» se sentó en el banquillo de los acusados por violar a dos mujeres e intentar agredir sexualmente a otras dos entre diciembre de 2016 y abril de 2017. Por primera vez reconoció los hechos y se atrevió a hablar ante un juez. «Me considero culpable.  Me arrepiento de haber nacido», espetó Gallego en la sala de la sección sexta, presidida por el magistrado Pedro Javier Rodríguez. Allí aseguró sentirse incapaz de controlar los impulsos, eso que lo empujaba a violar. El fiscal pide para él 96 años de prisión, con un cumplimiento íntegro de 25 años y otros 10 de alejamiento a Madrid.

El juicio quedó visto para sentencia después de que el acusado admitiese las atrocidades. No declaró, pero sí pidió hacer un alegato final. «Desde los 19 años tengo problemas psicológicos. Mi vida no ha sido normal», dijo el acusado. «He creado muchas víctimas pero yo he sido víctima de mí mismo. Tengo una obsesión que no he podido controlar y que no comprendo», explicó. 

Gallego, de 61 años, pidió perdón a todas las mujeres que agredió sexualmente y reiteró su arrepentimiento. «Mi vida ha sido un fracaso. No he tenido vida. Por eso pido que se me aplique un tratamiento específico, porque no soy el típico caso de una manada. Mi problema es mucho más profundo. No lo hacía porque quisiera, sino porque no podía evitar los impulsos», dijo. 

Carmen de la Hoz, abogada de oficio de Gallego se adhirió a la pena de la Fiscalía y confirmó el alegato de su cliente: «Está muy arrepentido. Se siente víctima de sí mismo. En prisión  no se ha reinsertado». De la Hoz aseguró a los periodistas que instituciones penitenciarias nunca le dio un programa específico para tratarse, a pesar de que él lo solicitó, según ella, en diversas ocasiones. Solo era atendido psicológicamente, de forma normal, por la asociación Con un pie en la calle. ¿Por qué se decidió ayer a hablar? Su abogada lo defiende: «Al llegar a esta edad y reflexionar ve que quizá nunca salga de prisión. No tiene ilusión por salir a la calle. Sabe que ahí se va a morir y quiere reparar el daño causado. Cree que su vida no vale nada».

El violador del ascensor, considerado uno de los mayores depredadores sexuales de España, lleva en prisión provisional desde 2017. Salió de su celda en 2013, cuando se derogó la doctrina Parot, que redujo el tiempo en prisión con carácter retroactivo. Gallego había asesinado a dos mujeres y cometido 18 violaciones, entre la década de los setenta y los noventa. Había sido condenado a 273 años. Menos de tres años después de poner un pie en la calle volvió a violar, sin compasión y sin ningún resquicio de empatía.

«Modus operandi»

El primer intento de agresión se produjo en diciembre de 2016. L., de tan solo 17 años, iba andando por una calle del norte de Madrid, cerca del hospital de La Paz, cuando Gallego la abordó, pistola en mano. La intentó meter en su vehículo, pero consiguió huir. La Fiscalía denuncia que la interceptó con objeto de «privarle de su libertad, rehusando a apoderarse de su cartera y teléfono móvil ofrecidos por la víctima, quien se negaba en todo momento a acompañarle, siendo las exigencias del procesado las de  alejarla de un lugar público-transitadoy llevarla a un lugar cerrado y seguro». 

En abril sucedió lo mismo. C. fue la víctima. El «modus operandi» de este depredador no cambió ni durante los años que estuvo encarcelado; al contrario, lo perfeccionó. Pero algo le salió mal y C. pudo dar las características del vehículo: un coche blanco de cuatro puertas. 

En medio de estos intentos, Gallego atacó, como un monstruo incapaz de contenerse. C. y T. fueron metidas a la fuerza en su coche, de madrugada. Una en febrero y otra en abril de 2017. Les ató las manos con bridas y les vendó los ojos. Desde las inmediaciones de La Paz las llevó hasta Segovia, donde tenía su terrorífico centro de operaciones. Una estuvo con él más de nueve horas, hasta que la dejó –tras lavarla para ocultar pruebas– cerca del sitio donde la raptó. Perdió el curso que estaba estudiando. «Maniatada (…) e impedida de toda visión tuvo que soportar del procesado que la agrediera sexualmente (…) en cinco ocasiones», dice el Ministerio Público. También sufrió hematomas en columna y escoriaciones en muñecas, ingles y genitales.

La otra fue violada durante seis horas. «Tras taparle los ojos la sentó en el asiento del copiloto llevándola hasta la gasolinera (…) sita en el término municipal de Las Rozas obligándola a mantener relación sexual completa», cuenta la Fiscalía sobre esta agresión.

El padre de una de ellas, antes del inicio del juicio y observando con pena cómo brotaban las lágrimas de los ojos de su hija, lo explicó: «Esto ha sido como un tatuaje, se le ha quedado para toda la vida». No se han recuperado.

Fuente: Abc.es/Carlota Barcala

Publicado por Alejandro Juncal Garcia

#memolamadrid

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