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23/10/2020 - 11:06 - Madrid (España)

Nadal alcanza el Edén de Federer

El mallorquín embiste a Djokovic en la final de París (6-0, 6-2 y 7-5, en 2h 41m) y logra su 13º título de Roland Garros con su victoria 100, igualando el récord histórico de 20 grandes que poseía el suizo

El repaso es colosal y sucede a cubierto, bajo los focos, sin apenas público y con abrigos, porque la temperatura tampoco perdona. Pero el desenlace es idéntico al de siempre. Rafael Nadal eleva, con mascarilla, su 13ª Copa de los Mosqueteros en un ambiente que nada tiene que ver con el de otras ocasiones, petit comité, pleno otoño parisino. Cambia la forma, rodillas al suelo esta vez, pero no el fondo: 6-0, 6-2 y 7-5, en 2h 41m. Novak Djokovic, que no ha sido Novak porque el mallorquín no le ha dejado, le estrecha la mano en la red y le abre la puerta directa hacia al Edén de los 20 grandes, la cifra dorada que defendía Roger Federer desde 2018 y que ahora apunta a quedarse corta.

Lo consigue Nadal con otro registro redondo. Se trata de su victoria 100 en París, un París que se le presentaba esta vez como un reto todavía mayor: la climatología, la humedad, las bolas pesadas. Con todo puede este Nadal que no tiene límites porque los años pasan y él sigue ganando y ganando, más hambriento si cabe en esta treintena que está sentándole como a nadie. Son 34 años y 86 títulos, 61 de ellos sobre su querida alfombra roja de la arcilla. Y llega este último de una manera difícil de imaginar, tras haber hecho añicos a Djokovic. El desequilibrio es inmenso.

La final arranca con noticia porque las diabluras del tiempo de París, ese gran desconocido que no sale en las postales, obligan a que la organización cierre la cubierta retráctil de la central. Media hora antes del duelo, las nubes despiden agua y el escenario se transforma por completo. Así, la Chatrier es otra historia. Y el juego también. A priori, la alteración no le conviene en absoluto a Nadal pero, sorpresa, o quizá no tanto, el impacto de las gotas sobre el techo genera un carraspeo que preside el demoledor arranque del balear. Djokovic tenía un plan, él también. El de Manacor ha salido a morder y bastante más contemplativo el serbio, ofuscado en las dejadas –hasta cuatro en el primer juego, una más en el siguiente– y desteñido por su pobre porcentaje con los primeros servicios. No está fino, duda, se enreda. Y, en un abrir y cerrar de ojos, ha recibido una sacudida tremenda.

Durante 45 minutos, Nadal va zarandeándole y negándole todo hueco. Se barruntaba una versión más ofensiva de Nole, al que hasta ahora le había valido navegar a medio gas y apretar puntualmente cuando fue algo exigido por Carreño y Tsitsipas; sin embargo, el que da un verdadero paso adelante y embiste es Nadal, tácticamente impecable y enchufado a más no poder. No tiene prisas el español, pero tampoco espera. No se lo puede permitir porque, de lo contrario, el serbio abrasa. Esta vez se topa con un Djokovic destensado que va diluyéndose y extrañamente acata. Caen los breaks y los juegos, y no hay un solo signo de rebeldía. Se le escapan las tres opciones de rotura que tiene, Nadal va haciéndose más y más grande y se decolora sin remisión hasta que se confirma lo inaudito: nunca, en ningún duelo entre los dos en un Grand Slam, se había producido un 6-0.

 

El sopapo del rosco –solo uno antes, en la final del año pasado en Roma– le deja grogui. Mira a su box desde la silla y gesticula, mientras dentro de ese cuerpo fibrado empieza a hervir la sangre. Hay incendio, pero no reacción. Nadal corretea por la tierra como el niño feliz al que le han regalado unos patines y lo caza absolutamente todo. Imperial demostración de piernas y réplica, porque a cada bola complicada contrarresta con otra aún más escorada y más raseada, y eso va descomprimiendo a Djokovic, infeliz en una pista que a excepción de ese paréntesis de 2016 –origen luego de su desaparición durante casi dos años– no le trae demasiados buenos recuerdos. El número uno abandona por un rato el manido recurso de la dejada y, por fin, atrapa su primer juego después de 55 minutos. En realidad, oxígeno pasajero.

Nadal sigue bordándolo y variando maravillosamente alturas para que su adversario no encare ni una sola bola franca. Se impone desde el fondo, abriendo ángulos, cada vez que se encuentran en la red para decidir quién es hoy el sheriff. Y el veredicto no admite duda: en la Chatrier, el que porta la placa en la pechera es el balear, el hombre que a mayor dificultad mejor responde; el campeón que anímicamente es capaz de derruir a cualquiera, bloquear cabezas tan duras como las del mismísimo Nole; el camaleón que se adapta a lo que haga falta, haya frío o no, techo o luz artificial de por medio. En el segundo parcial, dibuja otro abismo (breaks al tercer y quinto juego) y se marcha con el 5-1 que sigue desdibujando y encogiendo a Djokovic. Cada vez que el balcánico intenta levantar la cabeza y coger aire, el garrotazo le deja tieso. Da igual lo que proponga. Nadal va a llegar ahí.En este dulce paseo de domingo para el español, un dato en forma de barbaridad: han sido seis errores en los dos primeros parciales. Seis. 14 al final, por los 52 del rival. Una propuesta no demasiado lejana de la perfección. Hasta el revés de los reveses, el del serbio, chirría ante magnánima exhibición de facultades. Y a recordar: hace Nadal todo esto después de siete meses sin competir y con un mes de retraso con respecto a los compañeros, ya que prefirió no desplazarse a Nueva York en agosto para preparar a conciencia la defensa de su fuerte en París. La Ciudad de la Luz es de él, que la protege y resuelve una vieja cuenta pendiente porque le hizo sentir a Djokovic la impotencia que sufrió el curso pasado en Melbourne, cuando Nole le achicó sin piedad.

El rey actual del circuito guerrea en la tercera manga, pero no encuentra respiro ni consuelo. Está pálido y desganado. Recibe la enésima estocada (rotura para 3-2), se encoge de hombros y pese a que intente liberarse con un par de gritos (respuesta para 3-3), no hay la menor convicción. Un amago. Nada. Es un alma en pena. Padece de lo lindo y este Roland Garros del silencio, el frío y la adversidad se transforma de manera automática en el Edén del balear, quien de un plumazo alcanza el récord de Federer y se adentra en un paraíso al alcance de muy pocos, el de saborear los veintitantos grandes, del que solo disfrutan el suizo, Margaret Court (24), Serena Williams (23) y Steffi Graf (22).

Un logro marciano que viene acompañado de otra resolución: con 34 años y 130 días, es el tenista que más grandes (6) ha ganado a partir de los 30, por delante de Djokovic (5) y Federer (4). No queda ahí la cosa. Nadal es, también, el único profesional que ha ganado 13 títulos de un mismo torneo, sea del tipo que sea; se desmarca ya de Martina Navratilova, propietaria de 12 trofeos en Chicago (entre 1978 y 1992). Una obra fastuosa que remata emocionado, en una circunstancia excepcional y con un triunfo exuberante. Sigue viajando Nadal hacia el infinito, por la bucólica autopista de París.

Fuente: El Pais.com/Alejandro Ciriza

Publicado por Alejandro Juncal Garcia

#memolamadrid

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